domingo, 30 de agosto de 2015

Disfraz

Tengo un dolor enmascarado de alegría,
y un corazón arruinado por el dolor;
el néctar del deseo,
el amor y otros excesos
carcomen mi interior;
si pudieras descubrir
el horror que habita en mí;
alguien te espera y no soy yo.

Filfa de amor

Querías jugar a enamorar
y engañar a este loco del amor,
pero mi perspicacia te supero,
te falta mucha locura
para estar a mi altura. 

sábado, 29 de agosto de 2015

Artificio

Mi corazón está vacío
déjame resucitar
el placer y dolor,
en este artificio.

Mis besos son inmunes hoy,
sentimientos están lejos
de ser un intento,
no preguntes los que siento.

jueves, 27 de agosto de 2015

El desencanto

Luz llevaba tres años casada, y tenía a su pequeño hijo José; su matrimonio era lo que se había imaginado, Ricardo, su esposo, era trasnochador, mujeriego y bohemio que, se limitaba a proporcionar a su familia los bienes materiales necesarios para la manutención, difícilmente convivía con ella y su hijo. Haciendo las discusiones, cosa frecuente, Luz se sentía devastada, situación que la deprimió profundamente, orillándola a refugiarse en su pequeño hijo.

Una tarde que regresaba de trabajar, el conserje del edificio le entregó un sobre, le pareció extraño, ella no recibía correspondencia. En su departamento, lo revisó con detenimiento, no tenía remitente, curiosa lo abrió, dentro del sobre, había fotografías y cartas, al principio, no entendía de qué se trataba, se sentó en la sala y leyó.

Era la letra de Ricardo, eso era indudable, manifestando el amor y la pasión que sentía, con cierta ingenuidad quiso creer que eran para ella, pero conforme leía, se dio cuenta de que se trataba de otra mujer. Un calor invadió su cuerpo y los ojos se le inyectaron de rabia y dolor. Reviso las fotografías, ahí estaba su esposo en compañía de su mejor amiga.

Estaba doblemente herida, como mujer y amiga. Cómo era posible que, Isaura le hubiera podido traicionar de esa manera y que decir de Ricardo, descarado sinvergüenza. No veía la hora de que llegará, tenía deseos de matarlo, afortunadamente, él llegó demasiado tarde, permitiendo que el odio y dolor que sentía Luz amainara.

Pasadas las doce de la noche, oyó abrirse la puerta, decidida tomo las cartas y las fotografías y salió a su encuentro. Ricardo, se sorprendió, su esposa tenía tiempo que no lo esperaba, con desparpajo le dijo.

-         ¡Hola!, qué hay de nuevo.

Por el semblante de Luz, se dio cuenta de que algo andaba mal. Ella no articulaba palabra, solo se limitó a entregarle un sobre.

-         ¿Qué es?
-         ¡Revísalo y dame una explicación!

Abrió el sobre y saco las fotografías, su semblante se puso tan pálido como la cera, por unos instantes no dijo nada, pero como la mejor defensa es el ataque, comento.

-        ¡No sé qué significa! ¿qué es lo que pretendes?, somos Isaura y yo, cuando nos enviaron a ver un asunto de la oficina, te lo comente.

-    Lee las cartas y dime si también, son parte de un trabajo de la oficina.

Este, tomó una de las cartas y empezó a leerla, nuevamente se puso libido, era obvio que estaba ideando una explicación, pero Luz no le dio oportunidad.

-      Hoy entiendo muchas de tus actitudes y desinterés, sabes esto no lo voy a tolerar, quiero el divorcio.

En ese momento, sonó el teléfono, Luz atendió la llamada, era Isaura, llamaba para preguntarle si había recibido el sobre. Luz puso el alta voz y con una frialdad que impresiono a los dos amantes, le pregunto cuál había sido la finalidad. La mujer le explicó, que mucho antes de que se casaran, ellos tenían una relación, al principio la considero una aventura, pero conforme el tiempo pasaba y las actitudes de Ricardo, esta se volvió más sería.

-      Entonces, me puedes explicar, porqué tú no detuviste la boda y te prestaste a ser mi dama de honor.

-   Ricardo me prometió que una vez casados y que cumpliera su palabra dada a tu madre, te pediría el divorcio, pero resulta que te embarazaste. por lo que acordamos que una vez que naciera el bebé, se divorciaría. Pero con eso, de que el bebé nació enfermo, sea postergado y yo necesito que me cumpla su palabra.

-       ¿Qué mi hijo nació enfermo? ¿de qué hablas?, es el bebé mas sano que haya visto.

Ricardo, no decía una sola palabra, había sido descubierto en sus mentiras. Luz, ya tenía toda la información que necesitaba y colgó.

Con esas pruebas irrefutables, le pidió a Ricardo que tomara sus cosas y se fuera. Este, trato de dar explicaciones, pidió una segunda oportunidad, hizo alusión a su hijo, pero Luz estaba cansada de tanta mentira.

-        ¡Sacas tus cosas o quieres que las saque yo, esto se acabó!

Ricardo, nunca la había visto tan decidida, siempre había sido una mujer dulce y sumisa; trato de detenerla, pero esta se volteó y le arrojo un florero que había ahí. Se dirigió a la recámara, mientras su esposo planeaba como salir del embrollo. Tiempo después, apareció nuevamente, con unas bolsas de basura que contenían las pertenencias de Ricardo. Sabiendo, que no le convenía provocarla más, tomo las bolsas y se retiró.

Al día siguiente, le llamo a la oficina, le pedía que hablaran y para no caer en dramas, propuso un restaurante. Luz acepto, tenía que definir los términos del divorcio, además no permitiría que volviera a poner un pie en su casa.

Se entrevistaron, pero Ricardo no llegó solo, iba con su mejor amigo y la esposa de este, serían según las palabras de Ricardo, los mediadores. Esto no le hizo, ninguna gracia a Luz, Jorge era igual o peor que Ricardo y Lupe, pobre mujer estaba llena de pastillas ansiolíticas.

El primero en hablar, fue Jorge, argumentando los problemas que se tienen que superar dentro del matrimonio y las debilidades que los hombres tienen, obviamente, Lupe secundaba todo lo que decía su marido. Una vez, que la pareja termina de exponer, Ricardo trataba de convencerla de regresar.

Abrumada, le pidió tiempo para pensarlo, acordaron que los fines de semana, podría ir a visitar a su hijo. Eso se mantuvo por unos dos meses, hasta que nuevamente, Isaura la llamó para exigirle que le diera el divorcio a Ricardo, que dejara de manipularlo con el bebé.

El siguiente fin de semana, cuando Ricardo llegó, Luz le presentó la demanda de divorcio. Al sentirse nuevamente descubierto y no deseando tener a su mujer de enemiga, firmo.


Lunaoscura

Hilvanando

Robándole horas al sueño, las palabras se atropellan en la cabeza; de aquellas que logran sobrevivir, unas se diluyen en el tintero, otras, ideas inconexas. Delirios de una mente febril que con paciencia hay que unir. Hilván tras hilván, nace un sentir, no es un soneto o una novela, son los pedazos de un alma enamorada de las letras.


Lunaoscura

miércoles, 26 de agosto de 2015

Rapsoda

El hálito de la brisa nocturna, acariciaba su rostro, era un taciturno ser de la oscuridad, no podía negar su naturaleza. La luna y las estrellas eran sus compañeras; le susurraban mil sensaciones en delirante desfile sonoro. Era un aprendiz de poeta, bohemio y trasnochado… La lluvia había cesado, y la luz de las farolas, se reflejaba en el asfalto, mientras sus pasos, se perdían en la soledad de las calles vacías, las musas danzaban a su alrededor.


Lunaoscura

Insomnio

Tic, tac, el tiempo rodando esta,
tic, tac, nada lo detiene,
la soledad, ocultar no puedes;
injurioso insomnio.

Tic, tac, nadie hay,
murmuran a coro
las manecillas del reloj;
dando vueltas estas.

Tic, tac las sombras
sitian sin pesar;
errabundo sin techo
donde te cobijaras.

Tic, tac, una quimera
danzando va
entre velos perdidos,
el sueño se va.


Lunaoscura

martes, 25 de agosto de 2015

La casona

Con el deceso de su abuela Adela, Fey había heredado una casona en la zona San Andrés Totoltepec, Tlalpan; sobre esa casa existían muchas leyendas que eran parte del folclor de la familia. Una vez que le entregaron las llaves, el fin de semana siguiente junto con su amiga Rosalba, fueron a ver la legendaria propiedad.

El anillo

Siempre fuimos pobres, señor, y siempre fuimos desgraciados, pero no tanto como ahora en que la congoja campea por mis cuartos y corrales. Ya sé que el mal se presenta en cualquier tiempo y que toma cualquier forma, pero nunca pensé que tomara la forma de un anillo. Cruzaba yo la Plaza de los Héroes, estaba oscureciendo y la boruca de los pájaros en los laureles empezaba a calmarse. Se me había hecho tarde. “Quién sabe qué estarán haciendo mis muchachos”, me iba yo diciendo. Desde el alba me había venido para Cuernavaca. Tenía yo urgencia de llegar a mi casa, porque mi esposo, como es debido cuando uno es mal casada, bebe, y cuando yo me ausento se dedica a golpear a mis muchachos. Con mis hijos ya no se mete, están grandes señor, y Dios no lo quiera, pero podrían devolverle el golpe. En cambio con las niñas se desquita. Apenas salía yo de la calle que baja del mercado, cuando me cogió la lluvia. Llovía tanto, que se habían formado ríos en las banquetas. Iba yo empinada para guardar mi cara de la lluvia cuando vi brillar a mi desgracia en medio del agua que corría entre las piedras. Parecía una serpientita de oro, bien entumida por la frescura del agua. A su lado se formaban remolinos chiquitos.

“¡Ándale, Camila, un anillo dorado!” y me agaché y lo cogí. No fue robo. La calle es la calle y lo que pertenece a la calle nos pertenece a todos. Estaba bien frío y no tenía ninguna piedra: era una alianza. Se secó en la palma de mi mano y no me pareció que extrañara ningún dedo, porque se me quedó quieto y se entibió luego. En el camino a mi casa me iba yo diciendo: “Se lo daré a Severina, mi hijita mayor”.

Somos tan pobres, que nunca hemos tenido ninguna alhaja y mi lujo, señor, antes de que nos desposeyeran de las tierras, para hacer el mentado tiro al pichón en donde nosotros sembrábamos, fue comprarme unas chanclitas de charol con trabilla, para ir al entierro de mi niño. Usted debe de acordarse, señor, de aquel día en que los pistoleros de Legorreta lo mataron a causa de las tierras. Ya entonces éramos pobres, pero desde ese día sin mis tierras y sin mi hijo mayor, hemos quedado verdaderamente en la desdicha. Por eso cualquier gustito nos da tantísimo gusto. Me encontré a mis muchachos sentados alrededor del corral.

                ¡Anden, hijos! ¿Cómo pasaron el día?
—Aguardando su vuelta —me contestaron. Y vi que en todo el día no habían probado bocado.
—Enciendan la lumbre, vamos a cenar.

Los muchachos encendieron la lumbre y yo saqué el cilantro y el queso.

— ¡Qué gustosos andaríamos con un pedacito de oro! —dije yo preparando la sorpresa—. ¡Qué suerte la de la mujer que puede decir que sí o que no, moviendo sus pendientes de oro!
—Sí, qué suerte… —dijeron mis muchachitos.
                ¡Qué suerte la de la joven que puede señalar con su dedo para lucir un anillo! —dije.

Mis muchachos se echaron a reír y yo saqué el anillo y lo puse en el dedo de mi hija Severina. Y allí paró todo, señor, hasta que Adrián llegó al pueblo, para caracolear sus ojos delante de las muchachas. Adrián no trabajaba más que dos o tres veces a la semana reparando las cercas de piedra. Los más de los días los pasaba en la puerta de “El Capricho” mirando cómo comprábamos la sal y las botellas de refrescos. Un día detuvo a mi hijita Aurelia.

— ¿Oye, niña, de qué está hecha tu hermanita Severina?
—Yo no sé… —le contestó la inocente.
—Oye, niña, ¿y para quién está hecha tu hermanita Severina?
—Yo no sé… —le contestó la inocente.
—Oye, niña, ¿y esa mano en la que lleva el anillo a quién se la regaló?
—Yo no sé… —le contestó la inocente.
—Mira, niña, dile a tu hermanita Severina que cuando compre la sal me deje que se la pague y que me deje mirar sus ojos.
—Sí, joven —le contestó la inocente. Y llegó a platicarle a su hermana lo que le había dicho Adrián.

La tarde del siete de mayo estaba terminando. Hacía mucho calor y el trabajo nos había dado sed a mi hija Severina y a mí.

—Anda, hija, ve a comprar unos refrescos.

Mi hija se fue y yo me quedé esperando su vuelta sentada en el patio de mi casa. En la espera me puse a mirar cómo el patio estaba roto y lleno de polvo. Ser pobre señor, es irse quebrando como cualquier ladrillo muy pisado. Así somos los pobres, ni quién nos mire y todos nos pasan por encima. Ya usted mismo lo vio, señor, cuando mataron a mi hijito el mayor para quitarnos las tierras. ¿Qué pasó? Que el asesino Legorreta se hizo un palacio sobre mi terreno y ahora tiene sus reclinatorios de seda blanca, en la iglesia del pueblo y los domingos cuando viene desde México, la llena con sus pistoleros y sus familiares, y nosotros los descalzos, mejor no entramos para no ver tanto desacato. Y de sufrir tanta injusticia, se nos juntan los años y nos barren el gusto y la alegría y se queda uno como un montón de tierra antes de que la tierra nos cobije. En esos pensamientos andaba yo, sentada en el patio de mi casa, ese siete de mayo. “¡Mírate, Camila, bien fregada! Mira a tus hijos. ¿Qué van a durar? ¡Nada! Antes de que lo sepan estarán aquí sentados, si es que no están muertos como mi difuntito asesinado, con la cabeza ardida por la pobreza, y los años colgándoles como piedras, contando los días en que no pasaron hambre”… Y me fui, señor, a caminar mi vida. Y vi que todos los caminos estaban llenos con las huellas de mis pies. ¡Cuánto se camina! ¡Cuánto se rodea! Y todo para nada o para encontrar una mañana a su hijito tirado en la milpa con la cabeza rota por los máuseres y la sangre saliéndole por la boca. No lloré, señor. Si el pobre empezara a llorar, sus lágrimas ahogarían al mundo, porque motivo para llanto son todos los días. Ya me dará Dios lugar para llorar, me estaba yo diciendo, cuando me vi que estaba en el corredor de mi casa esperando la vuelta de mi hijita Severina. La lumbre estaba apagada y los perros estaban ladrando como ladran en la noche, cuando las piedras cambian de lugar. Recordé que mis hijos se habían ido con su papá a la peregrinación del Día de la Cruz en Guerrero y que no iban a volver hasta el día nueve. Luego recordé que Severina había ido a “El Capricho”. “¿Dónde fue mi hija que no ha vuelto?” Miré el cielo y vi cómo las estrellas iban a la carrera. Bajé mis ojos y me hallé con los de Severina, que me miraban tristes desde un pilar.

—Aquí tiene su refresco —me dijo con una voz en la que acababan de sembrar la desdicha.

Me alcanzó la botella de refresco y fue entonces cuando vi que su mano estaba hinchada, y que el anillo no lo llevaba.

— ¿Dónde está tu anillo, hija?
—Acuéstese, mamá.

Se tendió en su camita con los ojos abiertos. Yo me tendí junto a ella. La noche pasó larga y mi hijita no volvió a usar la palabra en muchos días. Cuando Gabino llegó con los muchachos, Severina ya empezaba a secarse.

— ¿Quién le hizo el mal? —preguntó Gabino y se arrinconó y no quiso beber alcohol en muchos días.

Pasó el tiempo y Severina seguía secándose. Sólo su mano seguía hinchada. Yo soy ignorante, señor, nunca fui a la escuela, pero me fui a Cuernavaca a buscar al doctor Adame, con domicilio en Aldana 17.

—Doctor, mi hija se está secando…

El doctor se vino conmigo al pueblo. Aquí guardo todavía sus recetas. Camila sacó unos papeles arrugados.

— ¡Mamá! ¿Sabes quién le hinchó la mano a Severina? —-me preguntó Aurelia.
—No, hija, ¿quién?
—Adrián, para quitarle el anillo.

¡Ah, el ingrato! y en mis adentros veía que las recetas del doctor Adame no la podían aliviar. Entonces, una mañana, me fui a ver a Leonor, la tía del nombrado Adrián.

—Pasa, Camila.

Entré con precauciones: mirando para todos lados para ver si lo veía.

—Mira, Leonor, yo no sé quién es tu sobrino, ni qué lo trajo al pueblo, pero quiero que me devuelva el anillo que le quitó a mi hija, pues de él se vale para hacerle el mal.

— ¿Qué anillo?
—El anillo que yo le regalé a Severina. Adrián con sus propias manos se lo sacó en “El Capricho” y desde entonces ella está desconocida.
—No vengas a ofender, Camila, Adrián no es hijo de bruja.
—Leonor, dile que me devuelva el anillo por el bien de él y de toda su familia.
— ¡Yo no puedo decirle nada! Ni me gusta que ofendan a mi sangre bajo mi techo.

Me fui de allí y toda la noche velé a mi niña. Ya sabe, señor, que lo único que la gente regala es el mal. Esa noche Severina empezó a hablar el idioma de los maleados. ¡Ay, Jesús bendito, no permitas que mi hija muera endemoniada! Y me puse a rezar una Magnífica. Mi comadre Gabriel, aquí presente, me dijo: “Vamos por Fulgencia, para que le saque el mal del pecho”. Dejamos a la niña en compañía de su padre y sus hermanos y nos fuimos por Fulgencia. Luego, toda la noche Fulgencia curó a la niña, cubierta con una sábana.

—Después de que cante el primer gallo, le habré sacado el mal —dijo.

Y así fue, señor, de repente Severina se sentó en la cama y gritó: 

“¡Ayúdeme mamacita!”. Y echó por la boca un animal tan grande como mi mano. El animal traía entre sus patas pedacitos de su corazón. Porque mi niña tenía el animal amarrado a su corazón… Entonces cantó el primer gallo.

—Mira —me dijo Fulgencia—, ahora que te devuelvan el anillo, porque antes de los tres meses habrán crecido las crías.

Apenas amaneció, me fui a las cercas a buscar al ingrato. Allí lo esperé. Lo vi venir, no venía silbando, con un pie venía trayendo a golpecitos una piedra. Traía los ojos bajos y las manos en los bolsillos.

—Mira, Adrián desconocido, no sabemos de dónde vienes, ni quiénes fueron tus padres y sin embargo te hemos recibido aquí con cortesía. Tú en cambio andas dañando a las jóvenes. Yo soy la madre de Severina y te pido que me devuelvas el anillo con que le haces el mal.
— ¿Qué anillo? —me dijo ladeando la cabeza. Y vi que sus ojos brillaban con gusto.
—El que le quitaste a mi hijita en “El Capricho”.
—-¿Quién lo dijo? —y se ladeó el sombrero.
—Lo dijo Aurelia.
— ¿Acaso lo ha dicho la propia Severina?
— ¡Cómo lo ha de decir si está dañada!
— ¡Hum!… Pues cuántas cosas se dicen en este pueblo. ¡Y quién lo dijera con tan bonitas mañanas!
—Entonces ¿no me lo vas a dar?
— ¿Y quién dijo que lo tengo?
—Yo te voy a hacer el mal a ti y a toda tu familia —le prometí.

Lo dejé en las cercas y me volví a mi casa. Me encontré a Severina sentadita en el corral, al rayo del sol. Pasaron los días y la niña se empezó a mejorar. Yo andaba trabajando en el campo y Fulgencia venía para cuidarla.

— ¿Ya te dieron el anillo?
—No.
—Las crías están creciendo.

Seis veces fui a ver al ingrato Adrián a rogarle que me devolviera el anillo. Y seis veces se recargó contra las cercas y me lo negó gustoso.

—Mamá, dice Adrián que aunque quisiera no podría devolver el anillo, porque lo machacó con una piedra y lo tiró a una barranca. Fue una noche que andaba borracho y no se acuerda de cuál barranca fue.
—Dile que me diga cuál barranca es para ir a buscarlo.
—No se acuerda… —me repitió mi hija Aurelia y se me quedó mirando con la primera tristeza de su vida. Me salí de mi casa y me fui a buscar a Adrián.
—Mira, desconocido, acuérdate de la barranca en la que tiraste el anillo.
— ¿Qué barranca?
—En la que tiraste el anillo.
— ¿Qué anillo?
— ¿No te quieres acordar?
—De lo único que me quiero acordar es que de aquí a catorce días me caso con mi prima Inés.
— ¿La hija de tu tía Leonor?
—Sí, con esa joven.
—Es muy nueva la noticia.
—Tan nueva de esta mañana…
—Antes me vas a dar el anillo de mi hija Severina. Los tres meses ya se están cumpliendo.

Adrián se me quedó mirando, como si me mirara de muy lejos, se recargó en la cerca y adelantó un pie.

—Eso sí que no se va a poder…

Y allí se quedó, mirando al suelo. Cuando llegué a mi casa Severina se había tendido en su camita. Aurelia me dijo que no podía caminar. Mandé traer a Fulgencia. Al llegar nos contó que la boda de Inés y de Adrián era para un domingo y que ya habían invitado a las familias. Luego miró a Severina con mucha tristeza.

—Tu hija no tiene cura. Tres veces le sacaremos el mal y tres veces dejará crías. No cuentes más con ella.

Mi hija empezó a hablar el idioma desconocido y sus ojos se clavaron en el techo. Así estuvo varios días y varias noches. Fulgencia no podía sacarle el mal, hasta que llegara a su cabal tamaño. ¿Y quién nos dice, señor, que anoche se nos pone tan malísima? Fulgencia le sacó el segundo animal con pedazos muy grandes de su corazón. Apenas le quedó un pedazo chiquito de su corazón, pero bastante grande para que el tercer animal se prenda a él. Esta mañana mi niña estaba como muerta y yo oí que repicaban campanas.

— ¿Qué es ese ruido, mamá?
—Campanas, hija…
—Se está casando Adrián —le dijo Aurelia.

Y yo señor, me acordé del ingrato y del festín que estaba viviendo mientras mi hijita moría.

—Ahora vengo —dije.

Y me fui cruzando el pueblo y llegué a casa de Leonor.

—Pasa, Camila.

Había mucha gente y muchas cazuelas de mole y botellas de refrescos. Entré mirando por todas partes, para ver si lo veía. Allí estaba con la boca risueña y los ojos serios. También estaba Inés, bien risueña, y allí estaban sus tíos y sus primos los Cadena, bien risueños.

—Adrián, Severina ya no es de este mundo. No sé si le quede un pie de tierra para retoñar. Dime en qué barranca tiraste el anillo que la está matando.

Adrián se sobresaltó y luego le vi el rencor en los ojos.

—Yo no conozco barrancas. Las plantas se secan por mucho sol y falta de riego. Y las muchachas por estar hechas para alguien y quedarse sin nadie…

Todos oímos el silbar de sus palabras enojadas.

—Severina se está secando, porque fue hecha para alguien que no fuiste tú. Por eso le has hecho el maleficio. ¡Hechicero de mujeres!
—Doña Camila, no es usted la que sabe para quién está hecha su hijita Severina.

Se echó para atrás y me miró con los ojos encendidos. No parecía el novio de este domingo: no le quedó la menor huella de gozo, ni el recuerdo de la risa.

—El mal está hecho. Ya es tarde para el remedio.

Así dijo el desconocido de Ometepec y se fue haciendo para atrás, mirándome con más enojo. Yo me fui hacia él, como si me llevaran sus ojos. “¿Se va a desaparecer?, me fui diciendo, mientras caminaba hacia delante y él avanzaba para atrás, cada vez más enojado. Así salimos hasta la calle, porque él me seguía llevando, con las llamas de sus ojos. “Va a mi casa a matar a Severina”, le leí el pensamiento, señor, porque para allá se encaminaba, de espaldas, buscando el camino con sus talones. Le vi su camisa blanca, llameante, y luego, cuando torció la esquina de mi casa, se la vi bien roja.

No sé cómo, señor, alcancé a darle en el corazón, antes de que acabara con mi hijita Severina…

Camila guardó silencio. El hombre de la comisaría la miró aburrido. La joven que tomaba las declaraciones en taquigrafía detuvo el lápiz. Sentados en unas sillas de hule, los deudos y la viuda de Adrián Cadena bajaron la cabeza. Inés tenía sangre en el pecho y los ojos secos.

Gabino movió la cabeza apoyando las palabras de su mujer.

—Firme aquí, señora, y despídase de su marido porque la vamos a encerrar.
—-Yo no sé firmar.

Los deudos de Adrián Cadena se volvieron a la puerta por la que acababa de aparecer Severina. Venía pálida y con las trenzas deshechas.

— ¿Por qué lo mató, mamá?… Yo le rogué que no se casara con su prima Inés. Ahora el día que yo muera, me voy a topar con su enojo por haberlo separado de ella…

Severina se tapó la cara con las manos y Camila no pudo decir nada.

La sorpresa la dejó muda mucho tiempo.

— ¡Mamá, me dejó usted el camino solo!…

Severina miró a los presentes. Sus ojos cayeron sobre Inés, ésta se llevó la mano al pecho y sobre su vestido de linón rosa, acarició la sangre seca de Adrián Cadena.

—Mucho lloró la noche en que Fulgencia te sacó a su niño. Después, de sentimiento quiso casarse conmigo. Era huérfano y yo era su prima. Era muy desconocido en sus amores y en sus maneras… —dijo Inés bajando los ojos, mientras su mano acariciaba la sangre de Adrián Cadena.

Al rato le entregaron la camisa rosa de su joven marido. Cosido en el lugar del corazón había una alianza, como una serpientita de oro y en ella grabadas las palabras: “Adrián y Severina gloriosos”.

Elena Garro



http://narrativabreve.com/2014/09/cuento-elena-garro-el-anillo.html

Elena Garro

Nació el 11 de diciembre de 1920 en Puebla (México). Hija de padre español y madre mexicana.

Contrajo matrimonio con Octavio Paz, a quien acompañó en 1937 a España al II Congreso Internacional de escritores en defensa de la Cultura. En 1948 nació su hija Elena. Entre 1951 y 1954 reside en Japón. 

En 1954 escribió guiones para las películas como Sólo de noche vienes, basada en el cuento "La culpa es de los tlaxcaltecas" y Las señoritas Vivanco entre otras. Reúne sus primeras obras teatrales en Un hogar sólido (1958). 

De 1959 a 1963 vive en Nueva York, regresa nuevamente a México y en 1964 recibe elpremio Xavier Villaurrutia por su novela Los recuerdos del porvenir. Autora de los cuentos de La semana de colores (1964). En Felipe Ángeles (1979) narra un episodio de laRevolución Mexicana poco analizado; Y Matarazo no Llamó (1991) trata de la lucha sindical. Andamos huyendo Lola (cuentos, 1980) trata sobre la figura de su hija. 

Elena Garro falleció en Cuernavaca el 22 de agosto de 1998. 

Obras

Teatro

Felipe Ángeles
Un hogar sólido
El rastro
Benito Fernández
La mudanza
Parada San Ángel
La señora en su balcón
Sócrates y los gatos

Novela

Los recuerdos del porvenir
Testimonios sobre Mariana
Reencuentro de personajes
La casa junto al río
Y matarazo no llamó...
Inés
Busca mi esquela & Primer amor
Un traje rojo para un duelo
Un corazón en un bote de basura
Mi hermanita Magdalena
La vida empieza a las tres

Cuentos

La semana de colores
Andamos huyendo Lola
La culpa es de los tlaxcaltecas
El accidente y otros cuentos inéditos

Poesía

De acuerdo con Patricia Rosas Lopátegui, autora de la biografía autorizada de Elena Garro, la dramaturga mexicana se dedicó también a la poesía, inédita en gran parte. Algunos poemas de Garro han sido publicados en los volúmenes de su biografía.


http://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/4385/Elena%20Garro

http://www.elem.mx/autor/datos/421

OLEAJES

Los paranoicos son como los poetas. Nacen así.
Además, interpretan siempre su realidad en el sentido de su obsesión, a la cual se adapta todo.

Luis Buñuel

Lucía Rivadeneyra

Nació en Morelia, Michoacán, el 26 de agosto de 1957. Poeta. Es licenciada en ciencias de la comunicación por la FCPyS de la UNAM, en donde imparte clases de periodismo y literatura desde hace más de veinte años. También cursó la maestría en literatura mexicana, en la FFyL de la UNAM. Ha sido profesora, coordinadora de talleres y colaboradora en programas de radio y televisión. Colaboradora de Acento, Alforja, Día Siete, Diturna,  El Cocodrilo Poeta, El Día, El Financiero, El Nacional, El Sol de Morelia, El Universal, Fem, Frag-men-ta-rio,  Generación, Hojas de Utopía, La Jornada,  Milenio, Nivel, Signore, Tierra Adentro, y Unomásuno. Premio Nacional Poesía Joven Elías Nandino 1987 por Rescoldos. Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 1998 por En cada cicatriz cabe la vida. Premio Nacional de Literatura Efraín Huerta, Tampico, 2003, en el género poesía por Robo calificado.

Obra publicada

Poesía: 

Rescoldos, UAM-X, 1989.
En cada cicatriz cabe la vida, Juan Pablos/IMIC/IMCT, 1999.
Robo calificado, Colibrí, As de Oros, 2004.
Rumor de tiempos. Antología, Secretaría de Cultura de Michoacán/Jitanjáfora/Morelia Editorial/Red 2006, Poesía Michoacana Contemporánea II, 2006.

Antología:

Versoconverso. Poetas entrevistan poetas, IMACD/Alforja, 2000.



http://www.literatura.bellasartes.gob.mx/acervos/index.php/catalogo-biobibliografico/indice-geografico/mexico/michoacan/1388-rivadeneyra-lucia?showall=1

sábado, 22 de agosto de 2015

Blues y pasión

En la oscuridad, los sentidos se incitan con la música de un blues sicalíptico, envuelve a los amantes en una danza frenética de deseos voraces, donde el amor y la pasión se enlazan con sus cuerpos. Los deleites inimaginables se desbordan. La penumbra, es el cómplice silencioso de una entrega efímeramente infinita de una noche de pasión.


Lunaoscura

sábado, 15 de agosto de 2015

Guadalupe Teresa Amor Schemidlein (Pita Amor)

“Yo de niña fui graciosa, 
de adolescente llorona, 
en mi juventud cabrona, 
y en mi verano impetuosa... “

Viejas raíces empolvadas

Son mis viejas raíces empolvadas
la extraña clave de mi cautiverio;
atada estoy al polvo y su misterio,
llevo ajenas esencias ignoradas.
En mis poros están ya señaladas
las cicatrices de un eterno imperio;
el polvo en mí ha marcado su cauterio,
soy víctima de culpas olvidadas.

Yo soy mi propia casa

I
Casa redonda tenía
de redonda soledad:
el aire que la invadía
era redonda armonía
de irrespirable ansiedad.

Compañero de viaje

Me reconozco mujer,
pero también reconozco,
al hombre, compañero de viaje…
No creo en el hombre perfecto,
sino en el ser claro oscuro
que con sus defectos y virtudes
entrega el corazón...

Insomne

Este prodigio milenario,
noctámbula ilusión;
una luna llena
y un lobo hambriento,
fiebre insomne.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Hija de la luna

No me victimices
ni me clasifiques
por género
soy un ser humano
que mira el mismo
pedazo de cielo.

Los escritos

Write by Roweing
Para contar una historia
hay que sumergirse
en la zona limítrofe
de la conciencia y el ensueño;
las letras ahí se esconden,
en el fondo del cuaderno.

Mujer viento

Soy una habitante
de la oscura caverna,
común y cotidiana
animal de costumbres
y hembra de instinto.



Daisy Zamora

Poeta y ensayista. Nació en Managua en 1950. Publicó su primer poemario en La Prensa Literaria del 3 de septiembre de 1967. En 1972 reveló su calidad en el Concurso “Mariano Fiallos Gil” con sus “Dieciocho poemas de amor y de la muerte”. Se graduó en Psicología y Psicopedagogía en la Universidad Centroamericana, realizó estudios de pintura y dibujo en la Escuela Nacional de Bellas Artes en León.

Mensaje urgente a mi madre

Fuimos educadas para la perfección:
para que nada fallara y se cumpliera
nuestra suerte de princesa-de-cuentos
infantiles.
¡Cómo nos esforzamos, ansiosas por demostrar
que eran ciertas las esperanzas tanto tiempo
atesoradas!