Sentado frente al espejo he
descubierto que el tiempo empezó a desdibujar mi rostro, esculpiendo los surcos
de la experiencia. El descubrimiento me sorprendió, no sé, si para bien o para
mal. Pero me hizo recordar que en mi mocedad, el solo hecho de imaginarme con
arrugas y las primeras canas, me causaba terror, creía que era el principio del
final.