sábado, 12 de agosto de 2017

Insurrección

Esa noche, su amiga había insistido que fueran un rato a divertirse, pensó que tenía razón, así que se dirigieron a un bar cercano, donde su concurrencia, hacía del lugar un mosaico variopinto.

Taciturna, dejaba transcurrir la noche, mientras el bullicio era el fondo de su soledad. Estaba a punto de darle un trago a su copa, cuando un murmullo cadencioso y un poco áspero, le hizo levantar la mirada. Frente a ella, estaba un hombre que mascullaba palabras inaudibles. Atónita, observo como desparpajadamente tomó asiento a su lado.

Ese desplante le resultaba atrevido, pero no podía negar que le agradaba, así que empezaron a hablar de un tema totalmente intrascendente, rodeados de gente sin rostro. Mientras sus miradas entablaban una charla más interesante que sus cuerdas vocales.

Cada uno, por cuenta propia, inventaban un lenguaje clave que resultó ser el mismo, se entendían, aunque querían pensar que no, que todo era producto de su imaginación, una mala pasada de sus obscenos subconscientes.

Cualquier señal obvia que alguno se atrevía a lanzar era totalmente omitida y borrada por el otro; hasta que todo aquello, les hacía morderse los labios intentando ahogar la realidad, esconderla, camuflarla. Era triste construir una verdad falsa y obligarse a seguirla, intentando creértela.

El miedo corría por las venas de Ariana, se le encogía el corazón, por mucho que se etiquetara como liberal y el “vivir el momento” estaba igual de podrida que el resto de la humanidad, tan llena de complejos y de prejuicios, que le impiden salirse del camino marcado.

Mientras esas miradas tan llenas de pasión se iban apagando, Ariana, tenía una férrea lucha interna, no quería arrepentirse más tarde por no saber “que hubiera pasado si”. Ahora era cuando le tocaba hacerse la sorda al susurro de su conciencia: “eres una buena chica, siempre haces lo correcto. ¿De qué le había servido?

Dejó caer su mirada, incrédula y lasciva, en ese cuerpo viril, tan deseable. Ansiosa e impaciente, recorrió la frontera que la separaba de sus perversos pensamientos y esa piel.

Estiro un dedo, dibujo la línea de la ropa en el aire, a escasos centímetros de la piel de él, para sentir el dulce y ansiado calor.

A pesar de todo, tal vez esa noche, no iba a morir de frío.


Lunaocura

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