martes, 22 de agosto de 2017

Mal sueño

Caminaba muy rápido, empezó a correr presa del pánico, oía como los calmosos pasos de su persecutor la acechaban, dio la vuelta a la esquina, todo estaba tan oscuro, oyó sirenas a lo lejos, notaba como su pulso le oprimía las sienes, estaba temblando de terror, miró de lado a lado de la calle, parecía un sitio seguro, se agachó y se sentó en el suelo, arrinconada a un lado de un contenedor de basura. De repente volvió a escuchar los pasos, que sin duda alguna la buscaban entre las sombras de la noche, nuevamente presa del pánico se quedó totalmente en silencio, casi aguantando la respiración, temía tanto que la descubriese, por desgracia, un gato apareció en escena, ella al verlo dio un respingo haciendo un ruido tremendo en el silencio de la noche.

De un solo movimiento se incorporó y echo a correr. Corría. Corría en dirección opuesta al viento, pues este luchaba por arrastrarla. Con una mano sujetaba las faldas de su vestido deseando no caer, no tropezar, el cielo se tornaba más oscuro, pero no le importaba, solo le preocupaba huir, aunque en el fondo sabía que eso era completa y humanamente imposible. Las ramas retorcidas de los árboles se mecían cuando el viento los acariciaba violentamente.

Corría sin aliento a través de la niebla espesa y blanca que creaba fantasmas traslúcidos que parecían reír a su paso. Procuraba no volver la vista atrás, pues sabía que se aproximaba cada vez más, podía sentir su gélido aliento en la nuca.

Exhausta, quiso detenerse, pero el miedo que atenazaba su alma era mayor que todo el cansancio físico que pudiera sentir. Notó cómo las lágrimas resbalaban por sus pálidas mejillas, sabía que estaba irremediablemente perdida.

El viento sopló más fuerte y la empujó hacia su cazador que emitía gruñidos y bramidos. Los cabellos se le agolpaban en la frente y no le permitían ver nada, pero incluso así luchaba. Hasta que sintió que no podría continuar así eternamente. Una mano invisible y fría como el hielo la tocó, había llegado el momento.

Inspiró una excepcional cantidad de aire mientras su rostro perdía toda expresión humana y cayó al suelo. Puesta de rodillas y con recelo, levanto la vista. En la niebla, una pequeña bandada de cuervos negros como la noche la acechaba. Aterrada, se llevó una mano a la boca.

El viento helado que la había derrotado la recorría por dentro, destruyéndola, y la niebla se reía en susurros. Los cuervos la observaban fijamente con sus ojos carmesíes, pero no se movieron. Uno de ellos graznó. Podía sentir cómo de sus ojos volvían a brotar lágrimas, pero esta vez eran tan rojas como los ojos de los cuervos.

Los cuervos se miraron unos a otros y echaron a volar, pero en su despegue se desvanecieron para dar paso a una siniestra sombra negra. Al mismo tiempo, empezó a escuchar voces en la lejanía estaba paralizada y el murmullo se acercaba, agudizó el oído para intentar oír lo que decían, pero lo que oyó no le gusto, intento huir, pero no podía, el miedo la impregnaba todo su ser, su corazón se exaltaba y de pronto se despertó entre sudores.

Se hallaba en una estancia fría, lúgubre, la humedad le calaba hasta los huesos haciéndolo sentir dolor. Se helaba no tenía aliento, no había ni una pizca de luz, la oscuridad y la soledad la envolvían, la ansiedad se estaba apoderando de ella poco a poco.  Estaba de bruces en el suelo, el cristal de la puerta, que se hallaba al lado se había rotó, dejando el suelo repleto de cristales. Una sombra se le acercaba lentamente, un resplandor se le hundió varias veces en su cuerpo. Tendida en medio de un charco de sangre, observó una bandada de cuervos, testigos de su último gemido.


Lunaoscura

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